- Estamos en el mes de la Biblia, y quisiera que reflexionemos juntos: cómo veía Jesús mismo las Escrituras, no como un libro cualquiera, ni como algo que se consulta de vez en cuando… sino como la Palabra de Dios: definitiva, inquebrantable y viva. Déjame que te lo comparta tal como lo hemos visto.
Cuando Jesús fue tentado en el desierto, no respondió con opiniones propias. Cada vez dijo lo mismo: «Está escrito». Y citó la Palabra como algo que no se discute, se obedece:
«No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» — Mateo 4:4
Para Jesús, lo que dice la Escritura es la última palabra. No hay circunstancia que la cambie, no hay tradición que la reemplace. Él mismo lo dijo con claridad:
«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.» — Mateo 24:35
Si hasta el cielo pasa, pero Su Palabra permanece… ¿cómo la tratamos nosotros? ¿Con el respeto que merece?
Ni una jota, ni un tilde — Todo importa
Jesús fue aún más lejos. Nos enseñó que no hay detalle pequeño en la Palabra de Dios:
«Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde pasará de la ley, hasta que todo se cumpla.» — Mateo 5:18
Ni la letra más pequeña, ni el trazo más fino. Todo es importante. Todo tiene propósito. Todo es inspirado. Y también dejó claro:
«La Escritura no puede ser quebrantada.» — Juan 10:35
No se puede anular. No se puede ignorar. No se puede decir «eso ya no aplica». Es firme, eterna, inviolable.
Las Escrituras hablan de Él
Esto es hermoso: Jesús nos mostró que toda la Biblia, desde el principio, lleva Su nombre. Caminando con los discípulos camino a Emaús, les explicó:
«Esto es lo que os dije… que es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.» — Lucas 24:44
Y también dijo:
«Examinad las Escrituras… y ellas son las que dan testimonio de mí.» — Juan 5:39
La Ley, los Profetas, los Salmos… todo apunta a Cristo. No son historias antiguas sin conexión. Es un solo relato, con un solo protagonista: Jesús. Y si no vemos a Él en las páginas, aún no hemos entendido lo que dicen.
No para saber, sino para vivir
Jesús también nos advirtió: no basta con leerla, con conocerla, con citarla. Hay que hacerla. Dijo:
«Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» — Juan 8:31-32
Permanecer, no solo pasar. Quedarse en ella, dejar que transforme la mente, el corazón, los pasos. Y también nos recordó que no podemos poner tradiciones humanas por encima de lo que Dios dice:
«Invalidasteis la palabra de Dios por vuestra tradición.» — Mateo 15:6
Cuidado con eso: cuando preferimos costumbres, opiniones o comodidad antes que obedecer lo que la Escritura manda, dejamos de lado lo que Dios mismo ha dicho.
Lo más hermoso
Algo más nos dejó claro: la Biblia no es un libro de normas frías. Es la voz del Padre hablándonos. Jesús dijo:
«La palabra que me oís decir no es mía, sino del Padre que me envió.» — Juan 14:24
Cuando abres la Biblia, estás escuchando a Dios. Cada página, cada promesa, cada enseñanza: Él hablándote a ti.
«Dichoso el hombre que medita en la ley de Dios de día y de noche.» Salmos 1:1-2
Que este mes de la Biblia no sea solo un recuerdo. Que sea un nuevo comienzo: abrirla, leerla, amarla, vivirla. Porque así la amó Jesús. Así la vivió Jesús. Y así nos la dejó para nosotros.
Que la Palabra de Dios sea tu luz, tu guía y tu vida, hoy y siempre.