Idea principal
- ¿Te has detenido alguna vez a pensar que lo más peligroso no siempre es aquello que hace mucho ruido? A veces, lo que es más dañino nos llega de forma tan suave, tan callada, que casi sin darnos cuenta ya está dentro de nosotros. Y quiero decirte algo con toda sinceridad: la apostasía no suele ser un salto al vacío, sino una lenta y suave bajada. Déjame te lo cuento apoyándonos en lo que Dios nos dice.
El pecado silencioso.
No entra con estruendo. Entra disfrazado de cosas pequeñas: oración más corta, lectura más escasa, amor que se enfría… y sigues estando presente, pero tu corazón ya no está allí. Tienes la forma, pero perdiste lo que le da vida. El Señor nos advirtió: «Tengo contra ti que has dejado tu primer amor.» — Apocalipsis 2:4 Y también nos recuerda con humildad: «El que cree que está firme, mire que no caiga.» — 1 Corintios 10:12 Quien confía en su propia fuerza, ya empieza a resbalar.
Cómo avanza ?
Primero dejas de amar como al principio; luego confías más en ti que en Su Palabra; después toleras lo que antes rechazabas. Pero Dios nos advierte a tiempo: «Cuidaos que no haya en ninguno corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo.» — Hebreos 3:12 El alejamiento empieza en el corazón, mucho antes de verse afuera.
¡Todavía es tiempo de volver!
Y aquí viene lo más hermoso: Dios no te espera lejos, te espera aquí mismo. Si sientes que te has enfriado, no necesitas mil pasos para volver. Solo uno: «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros.» — Malaquías 3:7 «Volved, rebeldes, y os sanaré.» — Jeremías 3:22 Él te recibe hoy. El pecado silencioso se detiene en el momento en que dices: «Señor, vuelvo a ti.»